Como cada país, cada civilización, cada cultura, el Brasil tiene su propio modo de comunicar. La gente habla portugués pero también usa signos que permiten de entenderse mejor. Un signo universal es cuando alguien tiende su brazo, puno cerrado con el pulgar hacia el cielo. Eso significa básicamente, todo bien, todo tranquilo o lo que sea confirmando que de manera positiva, la persona que recibe este signo sepa que no hay ningún problema. Pero este signo se usa de manera constante en Brasil, hasta que uno, exterior a esta costumbre, se ponga a pensar que tiene que ser una broma esa exageración de exhibir su pulgar.
Un día en las calles de Salvador de Bahía, viví lo que llamaría una guerra de pulgares.
Un peatón caminando por la calle, se encontró con un automovilista quien como se suele ver allí, no desacelera a la vista de un peatón, asumiendo que este último se pondrá de lado para dejar pasar el coche.
Pues esta vez, no fue así y el peatón dio un golpe en el auto, como para señalar que estaba allí y que el automovilista tuviera cuidado y respeto con los peatones. Tenía una cara de enfadado e intentaba echar rayos con sus ojos al automovilista. El automovilista viendo que alguien había tocado su cariñoso carro, freno de repente, bajo la ventana e imagino que intentaba contraatacar la mirada mala de su adversario con una mas diabólica. A mi gran sorpresa, siguiendo este cambio de mirada, el automovilista tendió su brazo fuera. Allí, entendí que se iba a empezar una batalla verbal y corporal. Ya era tarde, iba a enseñarle el dedo del medio; iba a empezar la discordia.
Pues no, le enseño el pulgar. El adversario que no quería acabar de tal forma, con una mirada mas tensa, le contesto con su pulgar también. Pero, que iba a hacer el automovilista? Pues, refuto la jugada, con un pulgar pero el brazo mas recto. Se notaba más seguridad que el anterior signo. El peatón, enfadado de ver que su adversario persistía en este dialogo mudo, le negó el gesto anterior con el pulgar, esta vez el también, con mas seguridad y una cara ligeramente mas tierna. A esta jugada táctica, me imagine la cara del automovilista menos rígida también cuando lanzo un pulgar mas alto en el cielo. Se podía escuchar el ruido del aire azotado por la tensión de cada movimiento. El peatón se puso a sonreír y mando un pulgar con más fuerza alzándolo suficientemente para enfrontarse a la jugada previa. Más apasionante que un partido de Tenis, intentaba anticipar la jugada del automovilista. Pero no me esperaba al levantamiento del puño coincidiendo con los rayos del sol que se infiltraban en las calles sombreadas de Pelurinho y el coche agitándose suavemente como si el también quisiera entrar en la batalla enseñando algo que se podía aparentar a un pulgar. La última jugada del peatón era clave, lo entendió de instinto y sin dejarse hundir por el estrés, concluyó la batalla con un pulgar mas firme que antes, una sonrisa donde se veía la blancura de su dentadura, y el golpe final que fue el famoso golpe del guiño que puso fin a cualquier contraataque posible de su adversario.
Los dos protagonistas se fueron cada uno a su rumbo mientras que con mi pulgar explicaba a un vendedor callejero que no quería lo que me vendía y casi al mismo tiempo, su contestación fue reproducir mi gesto con una sonrisa más suave. Después de esta aventura, mi pulgar y yo seguimos nuestro camino en las calles de esta ciudad encantadora.
Si pudiéramos resolver cada problema con una guerra de pulgares………